Aguraingo Informazioa www.agurain.org clear1x1.gif
clear1x1.gif
clear1x1.gif

Inicio
Natura
Galería
Plenos
Arqueología
Visita
Opinión


Agenda
Eskualdea

Nuestra dirección

 

Mala gente

Artemio Zarco | Satiricón - Zazpika - Gara-ren aldizkaria, 4 de junio de 2006

Primero se necesitaron 5.000 tone­ladas de plomo, boro, otros materiales y 9 días para controlar el incendio. Más tarde se construyó un gigantesco sarcó­fago de 410.000 metros cúbicos de hor­migón y 7.000 toneladas de acero para sellar la zona contaminada.
Esta es la descripción de uno de los mayores taponamientos de la historia, el de Chernóbil, de cuya catástrofe se cumplen ahora 20 años.
Pero hay otros taponamientos, in­mensos, colosales, resistentes al paso del tiempo, que no se hacen de materiales, sino con miedos, amenazas, mentiras, silencios, engaños, que pueden pesar más que el cemento armado y que se transmiten de padres a hijos y llegan hasta nosotros 70 años después, casi im­penetrables, según idearon, planearon y ejecutaron los infames vencedores de la que se conoce por guerra civil española.
Esta asfixia no es, sin embargo, tan hermética como la quisieron los auto­res de las mentiras y del miedo.
La gran losa bajo la que los franquis­tas enterraron a la República tiene fugas igual que Chernóbil. Los estudiosos, pieza a pieza, van recomponiendo el mural de la tragedia.
A esta necesidad de rehacer el pasa­do se debe sin duda la asociación Ahaztuak (Olvidados], que ha tomado la ini­ciativa de darles la oportunidad a los ayuntamientos de Euskal Herria, con motivo del 18 de julio, de condenar la dictadura franquista. Franco empezó a matar en el 36 y se fue de este mundo en el 75 matando.
Primero nos dijeron que el terror era rojo y cuando esa afirmación pasó de mentira a ser estupidez, una pléyade de gentes, circunspectos, mesurados, ecuá­nimes, llegaron a la conclusión de que el terror había que repartirlo al 50% entre nacionales y rojos.
Embuste, fue otro más de los gran­des embustes, de quienes, todo sonrisas, creen que los emplastos lo curan todo.
Anthony Beevor, militar británico, historiador, en su obra "La guerra civil española", editorial Crítica 2005, ac­tualizada y documentada con los archi­vos de siempre más los soviéticos y ale­manes, hasta ahora inaccesibles, repro­duce las amenazas del despreciable ge­neral Queipo de Llano, que se hizo fa­moso con sus emisiones terroristas des­de Radio Sevilla: por cada nacional muerto, ellos matarían a diez republica­nos. Dice Beevor: «Bien, pues su cálculo resultó al final asombrosamente pareci­do a lo que en realidad sucedió». ¿Cal­culamos? El terror franquista se lleva el 90%, el terror rojo el 10%.
Firmemente enterrado el pasado, el historiador reconvertido en arqueólogo va de forma minuciosa excavando con sumo cuidado y hallando restos: unas veces son cráneos desenterrados con un agujero de bala en la nuca. Otras, datos de archivos o noticias de hemerotecas y también la dispersa memoria colectiva de los que fueron huérfanos de la guerra y ahora son viejos o bien son aportacio­nes que se recrean en las obras literarias en las que el autor refleja lo que entre los reprimidos todo el mundo sabe pero no se dice.
Benjamín Prado, en su última nove­la "Mala gente que camina" (Alfaguara 2006), en un escalofriante recorrido de la más triste de todas las historias de la historia, aterrorizada y travestida, des­cribe y narra a vencedores y vencidos practicando el silencio, aquéllos para engañar a la historia, éstos para evitar a sí mismos y a los suyos grandes males. Ocultada la verdad a los hijos y a los nie­tos, fue sustituida por otra oficial, ñoña, hipócrita, amenazadora y peligrosa.
Igual que en una pesadilla, vuelve a aparecer en la novela de Prado Queipo de Llano desde su madriguera de mal­hechor en Radio Sevilla: «... se jactaba, entre otras monstruosidades, del modo en que sus tropas violaban a las mujeres de los republicanos delante de sus mari­dos, antes de fusilarlos frente a ellas».
Pero, además, como algo cuidadosa­mente callado dentro de la ocultación general, nos cuenta Prado que los se­cuestros de niños hijos del enemigo ide­ológico no es un invento de las dictadu­ras argentinas y uruguayas. Mucho an­tes se practicó en la madre patria. Les arrebataron los recién nacidos a las ma­dres y enseguida las fusilaron, y todo ello dentro de la ley, para darlos en adopción a gente fiable. Estas adopcio­nes fueron reguladas mediante decre­tos de la legalidad franquista. En efecto, se regularon las adopciones de los huér­fanos e implícitamente las de los que iban a ser huérfanos.
La llamada transición ha echado pa­letadas de tierra y cemento sobre la ci­clópea losa para que las ignominias del franquismo sigan tapadas. Los que que­rían pasar página plantaron encima del cemento unas flores raquíticas. Las florecillas de la democracia, que dirían los del PP.

Iritzia

 

Inicio -- Natura -- Galería -- Plenos -- Arqueología -- Visita -- Opinión

clear1x1.gif
Inicio Correo