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Proudhon

Artemio Zarco - Idazlea Zazpika-Gara, 26 de marzo de 2006

Proudhon es distinto. A diferencia de otros reformadores o revolucionarios, incluidos entre ellos Marx o Lenin, tiene origen proletario, con un padre mozo de cervecería y una madre cocinera. Nace en Besançón en 1809. A lo largo de su vida, poco a poco, paso a paso, se convierte en un intelectual próximo al anarquismo con una inmensa obra, magna al modo de la "Summa Teológica", de Santo Tomás de Aquino, pero referida no a Dios sino a la liberación de la humanidad sometida, a cambiarla para hacer un mundo más amable y llevadero en el que los poderosos no lo sean tanto y los que no lo son puedan participar de las posibilidades del simple hecho de haber nacido.

Se han nutrido de Proudhon marxistas y socialistas, Bakunin, Kropotkine, la Primera Internacional de Trabajadores, la Comuna de París, el sindicalismo, el federalismo, la Sociedad de Naciones y hasta determinados movimientos aperturistas y sociales de la Iglesia.

Escribió y dijo: «Conozco la miseria. Todo lo que sé se lo debo a la desesperación»; «La libertad es anarquía»; «La voluntad es el elemento más potente de la historia». Pero sobre todo es de recordar el párrafo que transcribo: «Ser gobernado es ser vigilado, inspeccionado, espiado, dirigido, guiado por la ley, numerado, regulado, enrolado, adoctrinado, sermoneado, controlado, registrado, estimado, valorado, censurado, mandado por unas criaturas que no tienen ni el derecho, ni la sabiduría, ni la virtud de hacerlo así...».

Pero esas criaturas que ni son sabias ni virtuosas, que desde las altas instancias de los partidos políticos hacen del gobernar su profesión, su religión, su fortuna, esas criaturas que se blindan con constituciones a su medida aunque disimuladas en las concesiones al pueblo, concesiones sobre el papel que tantas veces no llegan a la calle, esas criaturas están dispuestas a mantenerse a tiros, con todas las mentiras que sean precisas y a prescindir de Proudhon en el caso de que sepan quién es, descalificándolo con un solo gesto, igual que se espanta a una mosca molesta. Les bastan tres palabras: «Es un utópico». Pocos pensamientos anidan en sus menguadas cabezas, pero los que tienen son firmes.

El anarquismo es una utopía, repetirán. De ahí deducen una consecuencia obligada. El Poder es necesario. Ellos son necesarios. Hasta alguno reconocerá que el Poder es un mal, pero un mal necesario. Ni se plantean que son ellos con el Poder atrapado en sus garras los que no le dan a la utopía la posibilidad de dejar de serlo. Mientras tanto, siguen con sus constituciones a la medida y con sus elecciones democráticas como la joya de la Carta Magna, cuando realmente es una joya de bisutería, es una trampa, una coartada; en definitiva, una joya falsa.

Quieren hacer de las urnas talismanes que purifican a los elegidos y hacen de ellos una especie de hombres respetables que sacrifican su bienestar al servicio del pueblo. Sabemos que no es así. Sabemos que las propagandas engañan al electorado derrochando promesas a no cumplir, manipulando mentes y emociones. Es la fiesta de la mentira.


Y a pesar de todo ello, hay que acudir a votar, no para que salga ése o éste, sino para que no salga aquél o aquélla, no para que salga Zapatero, sino para que no salga Aznar.

Me arriesgaré a repetirme porque el tema es recurrente, los rostros son los mismos, las palabras parecidas, el hastío una de sus políticas, sólo superada por el miedo que intentan inocular.

En los supermercados de la política nos están vendiendo las elecciones como el producto más exquisito, como la expresión más depurada del pueblo soberano. Son magnificadas las elecciones hasta el aturdimiento ocultando con su ruidosa bambolla lo que constituye la auténtica democracia, que no es otra que la capacidad del pueblo de desconfiar, de criticar y de no creer en los dirigentes y, por derivación, de exigirles responsabilidades, porque todo el que ejerce el Poder, por el simple hecho de ejercerlo, pasado cierto tiempo queda contaminado.

Ya sé que no descubro nada y que todo esto es archisabido y, sin embargo, hay que repetirlo porque el día que no se denuncie por resignación o por aburrimiento nos convertiremos en cómplices de las élites del Poder sin recibir nada a cambio, sólo su prepotencia y desprecio.

Por lo menos que sepan que sabemos que no son de fiar. Mejor que nos miren con cautela que con desprecio. Esta es la gran lección que nos ha dejado Proudhon. De nosotros depende recordársela a los que gobiernan nuestros días. Así, seremos más dueños de nosotros mismos.

Iritzia

 

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